El país de los cátaros, parte 3: Rennes-le-Château

Bueno, después de contar la historia de Rennes le Chateux, contar, ¿como llegué a parar a ese lugar?

Como ya os conté anteriormente, estaba ojeando libros en una tienda mientras trataba de pensar en que entretener la tarde. Entonces vi el libro Le mystère de Rennes le chateuax. Fue como una llamada del destino. Eso unido a que mi cerebro aún estaba tomado por la locura post templaria tras la visita de Carcasonne, me hizo tomar una decisión. Por cierto, vuelvo a repetir, Carcassone es absolutamente impresionante.

Bueno, tras comprarme un mapa de carreteras me lanzo a la aventura de meterme en una serie de carreteras nacionales y de montaña, donde practiqué el peligrosisimo arte de hacer fotos y videos mientras conduces. No lo hagais en casa niños.

Antes de llegar a Rennes le Chatuex vi un cartel que anunciaba una villa romana. Obviamente tuve que para a hacer una visita y, aunque tampoco había mucho que ver, en ella estuve una hora. Busqué un sitio para comer, pero no encontré nada, por suerte para mí, como más adelante veremos.

Después, mientras me acercaba a mi destino, mi barriga me avisó que era tiempo de probar las delicias de la comida francesa. Para quién no lo sepa, soy un afrancesado asqueroso, me atrae el pais, me gusta su música, y me pone tierno escuchar a una mujer acentuando todas las palabras en la última sílaba. Así que era hora de probar su comida. Craso error, no encontré nada abierto por menos de 50 euros. De hecho solo encontré un restaurante abierto. Se ve que a estos franceses no les va comer los domingos por la mañana fuera de casa.

En realidad, fue el destino quien hizo que estuviera todo cerrado, como más adelante veremos.

Llegar a Rennes le Chateux es facil si tienes la guía michelín del sur de Francia, con lo que empecé a subir la minúscula carretera de montaña que llevaba al pueblo, situado en la cumbre de una montaña. Aquí no practiqué el arte de hacer fotos conduciendo porque era una auténtico camino de cabras, estrecho, dando a un barranco y sin quitamiedos ni nada.

Mientras subía me daba la sensación de que los conductores me miraban con hostilidad. ¿La maligna influencia de Renlecható (así se pronuncia) o es que simplemente eran franceses?

Cuando llegué al pueblecito mi primer objetivo era, por supuesto, comer. Miré un par de bares y, aunque no eran caros, no me acababan de convencer. Así que no comí ese dia. Algo que, para los que me llaman pirañita, sorprendera. Pero no, era el destino el que me predestinó para no comer ese dia, como ahora veremos.

¿Y por qué? Por que en verano, la iglesia de Rennes le Chateau solamente se puede visitar los domingos, y de 4 a 4 y media de la tarde. Eran las 4 menos cuarto. Si hubiese parado a comer en algún lugar todo el viaje habría sido casí completamente en balde. Si hubiese comido, no podría haber visto la Iglesia. Interpreté esto como una señal del destino, pues la verdad es que pude ver la iglesia de pura casualidad.

¿Y como es la famosa iglesia de Rennes Le Chateau, que ha inspirado tantas leyendas, teoría, libros, e incluso a Dan Brown y a Iker Jimenez? Pues sinceramente, una horterada.

Vamos a ver, el tal Sauniere no tenía el más mínimo gusto. La iglesia y la torre Magdala son como un huevo de pascua lleno de colorines. Me decepcionó un poco, sinceramente, me esperaba algo mucho más tétrico, oscuro, misterioso.

De todas formas la gracia de este lugar no es su aspecto, sino todas las leyendas que están detrás. Es realmente interesante si conoces y te atraen estas leyendas. El ver las imágenes, sobre todo la de Asmodeo, la inscripción de la entrada, la torre y la vista desde ella es interesante, si sabes lo que representan. Sino, no merece la pena el viaje. O tal vez sí, porque hay que reconocer que la zona y las vistas son absolutamente impresionantes.

Bueno, fuera como fuere, me harté de hacer fotos, de las cuales he subido una selección a Flickr:
Fotos de Rennes le Chateau

Un aviso, dentro de la iglesia no se puede usar flash. Debido a ello la mayoría de las fotos del interior son un poco oscuras.

Y tras esto, volví para España, no sin antes parar en un auténtico templo moderno. Un Mac Donalds. Obviamente no me iba a ir de allí sin comer.